«Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, como entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a los que estaban con él?». Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
Los fariseos vivían la relación con Dios en clave moralizante. Para ellos todo se basaba en el dualismo de ?bueno? o ?malo?, de ?se puede? o ?no se puede?. En clave ?premio? y ?castigo?, ?sagrado? o ?profano?. Lo ?santo? y lo ?pagano?, la ?vida? y la ?muerte?. Y la realidad es mucho más compleja, tiene más matices, tiene claroscuros, se camina en medio de intuiciones y no de certezas. San Pablo lo explica con sus palabras: «caminamos en la fe y no en la visión» (2Cor 5,7). Y Jesús como Maestro intenta transformar esa vivencia de la religión de las normas, para que los judíos redescubran la relación del encuentro con Dios. La misma que tuvieron los patriarcas del pueblo de Israel, la fe de Abrahán, de Moisés, de Jacob, de Elías, de Ruth y Rebeca. Conocer a Dios no es acoger el rol de esclavo, de siervo, de obediente y acrítico asalariado. No somos sus juguetes o su pasatiempo. «Mis delicias son los hijos de los hombres» (Prov 8,31). Somos las delicias de Dios. Nos llama a vivir en casa, como hijos, como amigos. Y nos invita a responsabilizarnos con el uso de la libertad a construir nuestro propio camino y nuestra propia historia.
La vivencia de la fe que es promovida por el miedo al castigo, a la condena, ha podido servir en otras épocas de la historia. Jesús inaugura una vivencia en la que es imprescindible la libertad y la responsabilidad personal. Es lo que recoge la famosa poesía mística: «No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera».
Jesús nos enseña que nuestra vida se relaciona con un Dios que es Abba, que es Padre, que es compasivo y misericordioso. No un código penal, ni un manual de derecho. Es un Dios que se compadece ante las necesidades y fragilidades de nuestra vida. Por eso, sí Dios se ocupa de los lirios del campo, de los pájaros del cielo, ¿cómo se va a enojar porque sus discípulos se alimenten de unas espigas que han crecido y han germinado por la fuerza creadora del mismo Dios. Jesús dirá más tarde, que nos hay nada de fuera que haga impuro al hombre. Lo que le hace impuro nace del corazón del hombre. Pidamos tener un corazón limpio para ser capaces de ver a Dios en todo.