CARTA SEMANAL DE NUESTRO OBISPO

Queridos diocesanos:

El segundo capítulo de Dignitas infinita se abre con la afirmación central de la Declaración que a lo largo de la misma se repite una y otra vez: “La Iglesia proclama la igual dignidad de todos los seres humanos, independientemente de su condición de vida o calidad”. Es la tesis en torno a la que gira todo el discurso acerca de la dignidad humana. La dignidad radical de todas las personas, la que se posee por el simple hecho de serlo, es la misma. Toda vida humana es algo precioso, valioso, digno, y merece ser respetada al margen de su “condición de vida o calidad”. Es una afirmación verdaderamente fuerte y rica de consecuencias. Una verdad contra la que chocan actitudes y comportamientos que sopesan el valor de la vida humana, su dignidad, con el de otras realidades, olvidando que la dignidad y el valor de la vida humana, de toda vida humana, es inconmensurable con otros valores. De ahí la insistencia de la Declaración: todos los seres humanos, todos, tienen la misma dignidad fundamental.

La Revelación cristiana reconoce esa verdad y la refuerza sobre la base de tres convicciones inamovibles. La primera tiene que ver con el hecho de que todo ser humano tiene su origen en el amor de Dios, su autor, su creador. Este ha dejado impresa su huella en la criatura, haciéndola capaz de conocerlo y de amarlo, y llamándolo a vivir en una relación de alianza con Él y de fraternidad, de justicia y de paz con todos los demás hombres y mujeres (cfr. Dignitas infinita, n. 18). La Declaración hace notar que la dignidad del ser humano se refiere a la persona como unidad inseparable de cuerpo y alma. El alma “se encuentra” en todo el cuerpo, en la “carne” que, como hemos repetido en el tiempo de Pascua, un día será “carne glorificada”. El cuerpo humano goza, pues, de la dignidad de la persona como tal.

La segunda convicción basada en la Revelación que da nueva consistencia a la enseñanza de la Iglesia sobre la igual dignidad de todos los seres humanos es la que proclama que el Hijo eterno del Padre asumió nuestra naturaleza humana, haciéndose uno como nosotros (cfr. ibídem, n. 19). Con la Encarnación del Verbo eterno de Dios la dignidad humana alcanza su plenitud: es inestimable y no puede perderse nunca. “Jesús aportó la gran novedad del reconocimiento de la dignidad de toda persona, y también, y sobre todo, de aquellas personas que eran calificadas de indignas” (ibídem). Solo por esto, nuestro Señor es merecedor del respeto y de la gratitud de toda la humanidad: hasta los más pobres, miserables y sufrientes en el cuerpo y en el espíritu forman parte de ella y gozan de la misma dignidad: neonatos abandonados, huérfanos, ancianos en soledad, enfermos mentales, incurables o con graves malformaciones, los que viven en la calle, etc.

La tercera convicción se alimenta de la fe en la Resurrección de Cristo que vive para siempre: “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios, destinada a durar por siempre” (ibídem, n. 20). El fin del hombre, su destino último, es decir, “la comunión con Dios en su conocimiento y amor”, pone al máximo de manifiesto la nobleza y dignidad de su condición de persona humana. ¡Esta es capaz de vivir en eterna comunión de conocimiento y amor con Dios, Uno y Trino! Vemos que la Revelación cristiana, en efecto, “manifiesta la dignidad de la persona humana en toda su plenitud” (ibidem, n. 21).

Concluyamos diciendo que la radical dignidad del hombre y de la mujer es la misma; pero en la medida en que usamos bien de la libertad y respondemos al bien, nuestra dignidad crece y madura dinámica y progresivamente (cfr. ibídem, n.22).

+ José María Yanguas, Obispo de Cuenca

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