En la primera lectura de la nuestra Eucaristía de hoy, continuamos con la historia de cómo el Señor se sirve del profeta Samuel para elegir a Saúl como primer rey. El pasaje termina de forma bastante abrupta. Pero seguiremos escuchando más cosas en la lectura contínua de la próxima semana.
Se puede observar cómo el Señor habla con Samuel y le guía para que lo encuentre y luego unja a Saúl como rey. El reinado de Saúl no será perfecto, pero el Señor sigue protegiendo y realizando el plan que había concebido a través de Israel para revelar su salvación a todas las naciones.
El Catecismo de la Iglesia católica habla de la Providencia divina. Sin embargo, también explica: «Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio» (CEC n.º 306).
Así sucede en nuestras propias vidas. El Señor nos creó a su imagen y semejanza, y, como enseña el Catecismo, nuestra libertad se asemeja a la libertad de Dios. Pero nosotros pecamos. Cuando lo hacemos, Él nos invita a arrepentirnos y a volver a Él. En todo esto, el Señor sigue guiándonos en el misterio de su amoroso plan providencial.
En el Salmo 21, David canta un himno de victoria y acción de gracias al Señor como rey. Al utilizar estas palabras en la Eucaristía se nos invita a unirnos a su canción de alabanza. Pero ahora sabemos que la mayor victoria fue la muerte salvadora y la resurrección de Jesús Cristo, el Rey de reyes y Señor de señores. En la Eucaristía entramos más profundamente en el triunfo de Jesucristo, en su misterio.
En el Evangelio de hoy, escuchamos la llamada a Leví, tomada del Evangelio de San Marcos. Aunque sabemos que Levi también es conocido como Mateo, Marcos no lo identifica como Mateo el Apóstol. También sabemos que, en aquella época, los recaudadores de impuestos eran judíos considerados traidores por colaborar con el opresor romano. Eran los encargados de recaudar impuestos para las autoridades romanas. Por eso, eran considerados los peores de los pecadores por las autoridades judías.
Pero lo más importante es la respuesta de Mateo cuando Jesús le dijo: «Sígueme». Él respondió inmediatamente. Y eso es lo que quería Jesús. No hace acepción de personas. Ha venido por los pecadores, no por los justos. De hecho, fue a casa de Mateo a comer y compartió mesa con los recaudadores de impuestos, lo que disgustó a los escribas y fariseos. Jesús se preocupa por todos y nos invita a dejar nuestros ?telonios? particulares, nuestras mesas de impuestos, nuestros entretenimientos que impiden entregarse con decisión al Evangelio.