23
SEP
2021

Oigo en mi corazón: buscad mi rostro



Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”

Tu rostro, buscaré, Señor, no  me escondas tu rostro.

Estos versos del salmo 26 resumen mi experiencia como adoradora. Para mí acudir a la adoración nace al considerar y apreciar una exhortación que me dirige el mismo Dios, buscad mi rostro. Él había  suscitado este anhelo en mi corazón y debía responder.  Por otro lado, las palabras del salmista expresan otro de los motivos que me animaron a participar en la Adoración Eucarística, el deseo de conocer más al Señor, de tratarlo en la intimidad, de Tú a tú,  aunque con el máximo respeto, en adoración. Conocer el rostro de alguien, significa interpretar sus gestos y miradas, intuir o adivinar sus deseos y pensamientos a través de sus expresiones faciales,  algo que sólo se consigue mediante un trato asiduo, amoroso  y sincero. Me parece que en los ratos de oración ante el Santísimo se dan las condiciones ideales para ampliar e intensificar la amistad con el Señor, para descubrir su voluntad sobre nuestra vida, al tiempo que se reciben multitud de gracias que nos ayudan a vencer nuestra inclinación al mal y al egoísmo. Además, y esto me gustaría resaltarlo, durante nuestra hora de vela consolamos al Señor, reparamos su Corazón por tantos abandonos e indiferencias.

Para mí adorar es una necesidad, una tímida  respuesta al amor del Señor presente real y verdaderamente en la Eucaristía, una misión dentro de la Iglesia, una puerta abierta a la esperanza de que poco a poco el Señor cambiará mi corazón de piedra por uno semejante al Suyo.  Me parece, al menos tengo esa ilusión,  que soy algo mejor desde que acudo a la adoración. Lo percibo en pequeños detalles, tengo más paz, y aspiro a tener más alegría y conformidad con la Voluntad de Dios, aunque en estos ratos de oración también vea, como decía el profeta Isaías, que ante la Pureza de Dios, mis obras, incluso las que pudieran parecer buenas, son como un paño manchado.

Animo a todos a acudir humildemente a ese encuentro de intimidad con el Señor, a esa cena que recrea y enamora, que transforma, que sana, que deleita, que nos permite  vislumbrar el rostro del Señor.

A Nuestra Señora de la Eucaristía le ruego que nos ayude a todos a progresar y mejorar en la adoración a su Hijo.           M.D.P.


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