11
OCT
2018

Ser Adorador no deja de ser una forma de vivir la Caridad



Me presento: Mi nombre es Julián. Pertenezco a la parroquia de San José Obrero. Tengo 48 años y tengo una hora de adoración a la semana en la capilla de adoración perpetua de Cuenca en san Esteban. Me defino como cristiano católico a medias. ¿Por qué a medias? Pues porque como casi todo el mundo a veces soy muy crítico (demasiado, lo reconozco) y porque, como decía San Pablo, “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”.

Otoño 2015. Un día mi mujer me dice: “Están formando un grupo de adoración perpetua. ¿Nos apuntamos?” Por Dios, qué pereza. Una hora a la semana. Pufff. (Ese fue mi primer pensamiento). Pero después de años de convivencia he aprendido a dejarme guiar por un sexto sentido que me indica cuando debo escuchar a mi mujer. Acepto a regañadientes.

Al día de hoy puedo decirles que frente a la custodia con Jesús Sacramentado no pasa nada sobrenatural. No hay apariciones ni sucesos paranormales. Solo un silencio que se escucha, a veces roto por los ruidos lógicos de la calle. Sin embargo no puedo estar sin esa hora a la semana. Confieso que no estoy rezando toda la hora. Es más, me disperso con una facilidad pasmosa y me pongo a pensar en quehaceres cotidianos, pero después de este tiempo no puedo pasar sin ello. Necesito sentirme cerca de Jesús. Es muy egoísta lo que digo porque únicamente pienso en mí. Y me ha ayudado a aguantar situaciones profesionales y personales y a encontrar soluciones ante problemas que antes de pasar parecen irresolubles y al salir se solucionan por sí mismos. ¿Dije que no pasaba nada sobrenatural? Me equivoqué.

Como les he dicho me disperso con facilidad y muchos días me voy diciendo: ¿para qué he venido, si no he rezado nada? Pero me consuelo solamente con dos cosas. Una su sola presencia. Me reconforta. Y la otra pensando en que al ocupar un turno hago que la adoración se mantenga y que personas con más facilidad de concentración que yo puedan orar en presencia de Jesús. Al fin y al cabo no deja de ser una forma de caridad.

Conclusión. Anímense. El Jesús del que hablamos no nos rehúye. Es el Jesús de la gente normal y corriente. Como usted y como yo, como todos…

 


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