22
MAR
2020

"Quizás es el momento de descubrir el encanto de lo ordinario"



Queridos diocesanos:

El momento que estamos pasando en España y en otros muchos países, lejanos o cercanos, reviste una particular gravedad. Los fallecidos y afectados por causa del coronavirus se cuentan ya por decenas de  millares, sin que parezca que la cosa, por el momento, presente trazas de ir a menos. Las consecuencias de la pandemia en la economía mundial se presentan también como nubarrones que no anuncian nada bueno, dejándose ya sentir sus efectos. Todo ello crea inquietud y desasosiego crecientes. Nadie puede contemplar este panorama sin sentirse personalmente concernido, aunque no sufra en la propia carne sus inmediatas consecuencias. Nos duelen las muertes, sufrimos con los afectados, compartimos la preocupación de quienes pierden su trabajo…, y rezamos al Padre de las misericordias, por intercesión de la que es Salud de los enfermos, para que se acorte este tiempo de emergencia sanitaria.

Junto al sufrimiento por la situación que se ha creado, no podemos dejar de experimentar también la satisfacción por la ola de solidaridad creativa y de caridad operativa que se ha levantado y que crece de día en día. Son miles los voluntarios, muchos de ellos jóvenes, dispuestos a echar una mano y ayudar a personas necesitadas de auxilio y ayuda. Las Cáritas diocesanas y otras muchas instituciones están sumando sus esfuerzos a los de las autoridades públicas, con el fin de paliar los efectos de la crisis. Son estimulantes las iniciativas espontáneas, llenas de imaginación, que están surgiendo a nivel  familiar y de calle. Reconforta descubrir el espíritu de sacrificio y la disponibilidad de tantos profesionales de la salud; consuela constatar el fondo de bondad, las actitudes responsables, el afán por ayudar a otros, que aflora en muchísimas personas en estos momentos de dificultad. Es para dar muchas gracias a Dios.

El encerramiento en la propia casa al que obliga el sentido de responsabilidad, y que constituye un verdadero deber cívico-moral, es circunstancia propicia que favorece la reflexión y el examen. Seguramente nos sentíamos excesivamente confiados en nuestras propias fuerzas; muy seguros de nosotros mismos; orgullosos de los muchos y verdaderos avances logrados y, a la vez, un tanto ciegos en nuestra autosuficiencia; convencidos de tener el futuro en nuestras manos, de poder crear al superhombre dominador de toda clase de enfermedades y capaces de alargar los límites de la muerte hasta fronteras inimaginables: ¡el paraíso en la tierra! Descubrir de nuevo, bruscamente, la fragilidad de todo lo humano puede servirnos como contrapeso necesario a la conciencia de la propia grandeza, y ayudarnos a superar la tentación de olvidar que somos mortales, tentación a la que con frecuencia sucumbimos los hombres refugiándonos en la diversión, en la fiesta permanente.

Quizás es el momento de descubrir el encanto de lo ordinario, de leer su mensaje escondido; de aprender a percibir los pequeños goces que están al alcance de la mano; de gustar el estar con los demás; de disfrutar de los hijos; de la lectura reposada; de la oración confiada en familia; de reencontrar la convicción de que la felicidad no necesita de la búsqueda frenética de nuevas experiencias o sensaciones, y de que no es actitud sabia pretender ahuyentar, a toda costa, la tristeza y las lágrimas; de recuperar la conciencia de que el duelo, y aun la muerte, forman paradójicamente “parte de la vida”. Pidamos unos por otros. Este año nuestra Semana Santa será muy diversa, pero no por eso deberíamos vivirla menos intensamente. Bien al contrario. Podremos vivirla uniendo el nuestro al dolor redentor de Cristo en la Cruz. Por la salvación del mundo.

Queridos fieles, laicos, religiosas y religiosos, sacerdotes, la fe nos enseña que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Ro 8, 28). Y la esperanza “que no defrauda” (ibídem 5, 5) nos asegura que Dios nos ayudará a salir de esta difícil situación. A Él recurrimos.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca


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