13
ABR
2019

El Domingo de Ramos



Con el Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa, la Semana Grande para los cristianos. Todos la esperamos con sentimientos especiales. Para los cristianos, son días para acompañar a Jesús participando en las celebraciones religiosas, conmemorando su pasión, muerte y resurrección, el acto central de nuestra fe. Para otros, son unas vacaciones para ir a las playas, hacer turismo o celebrar fiestas sociales, al margen del significado religioso de estos días. Pero todavía hay un grupo intermedio, muy numeroso, aquellos que esperan durante todo el año la Semana Santa para vestirse la túnica de nazareno y desfilar en las procesiones; muchos sólo entran a las iglesias para sacar a los santos o depositarlos en ellas cuando el desfile procesional ha terminado. En su mente quizá se digan: “Misión cumplida; hasta el año que viene”. Esta es la triste realidad de la Semana Santa: “Unos la viven desde dentro en su significado y otros se sirven de ella para disfrutar”.
No hay que extrañarse ni rasgarse las vestiduras. El Domingo de Ramos es fiel reflejo de esta situación. Lo iniciamos con la celebración de la “Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén”, arropado por el pueblo que alfombraba las calles con mantos y ramas al paso de Jesús, mientras le vitoreaban: “¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Apenas ha terminado la procesión, proclamando su divinidad y realeza, se presenta la dura realidad que celebramos estos días: “la Pasión de Jesús” con la traición de Judas, la negación de Pedro, la infamia de los sacerdotes y jefes del pueblo que culmina en el Calvario; los mismos que antes lo aclamaban ahora gritan furiosos: “¡crucifícalo!, ¡crucifícalo!, ¡crucifícalo!”.
Ante esta paradoja de alabanza y condenación de Jesús, podemos echar toda la culpa a los actores de la primera Semana Santa y eximirnos de toda responsabilidad, lavándonos las manos como Pilato.
La grave es que el Domingo de Ramos y la Pasión del Señor se siguen repitiendo hoy entre nosotros. Hay mucha gente que condena y mata a Jesús con las guerras, el hambre, el aborto, las violaciones, los asesinatos de inocentes, la persecución a los cristianos… Y Jesús sigue muriendo.
También nosotros, los cristianos, somos cómplices de la Pasión y Muerte de Jesús. Porque le honramos en la Misa y comulgamos con su Cuerpo y con su Sangre, participamos en las Celebraciones religiosas y lo acompañamos en las Procesiones, pero somos los mismos que cuando regresamos a nuestra vida diaria nos olvidamos de Él. Peor aún: lo crucificamos cuando pecamos, no amando a los otros como hermanos: criticándolos, dando malos ejemplos, no sacando la cara por el inocente, haciendo mal uso de los bienes mientras otros carecen de lo necesario, teniendo vergüenza de defender nuestra fe ante quienes se mofan de ella o la atacan, no perdonando, faltando a la verdad por interés…
“¡Vive la Semana Santa de modo diferente! ¡Acompaña a Jesús proclamando su realeza con vítores y vivas al Altísimo, pero sin abandonarlo cargado con la cruz, camino del Calvario!”
 
 
D. Casto Ortega
Vicario Parroquial de San Esteban

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