07
NOV
2018

Día de la Iglesia Diocesana



La Iglesia es una realidad sacramental, a la vez cuerpo visible y misterio escondido, estructura y carisma, divina y humana. Es difícil agotar su entera realidad en una sola fórmula o definición. Por eso, el último concilio ha querido exponer la naturaleza íntima de la Iglesia sirviéndose de distintas figuras o imágenes. Junto las más clásicas de «Cuerpo Místico de Cristo» y «Pueblo de Dios», el concilio ha hablado de la Iglesia como «redil», «labranza» o «arada de Dios», «edificación de Dios», «casa», «templo», «esposa», «madre».

Este año, de nuevo, la Conferencia Episcopal Española propone un lema que presenta a la Iglesia como una gran familia. Reza así: «Somos una gran familia contigo. Vivimos y celebramos la fe en comunidad porque somos una gran familia contigo». Ya en el Nuevo Testamento la Iglesia es vista como una familia. En efecto, cuando san Pablo anuncia a los fieles de la Iglesia de Éfeso que los que un tiempo estaban lejos ahora están cerca por la sangre de Cristo, y que judíos y gentiles pueden acercarse al Padre por medio de Cristo, les hace presente que ya no son extranjeros ni forasteros, «sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios». La Iglesia que abraza y recibe por igual a judíos y gentiles es la gran familia a la que todos pertenecen, la casa familiar que a todos ofrece refugio, seguridad y salvación.

La imagen de la Iglesia-familia pone de relieve aspectos fundamentales de su naturaleza. Aun conservando las diferencias entre sus distintos miembros, prevalecen en ella los elementos comunes, los lazos que la unen e identifican, de manera que se pueda hablar de una familia. En ella todos los miembros son importantes; todos tienen la misma dignidad básica; todos son apreciados y valorados por lo que son y no tanto por el papel que desempeñan. Se puede decir que sus bienes son comunes, pertenecen a la familia como tal, no más a unos que a otros. Los objetivos son de todos, la suerte común, las tareas repartidas, la herencia única, los triunfos compartidos, las desgracias también. No hay lugar para las envidias o los celos; las disputas y discordias son de corta duración; en general son prontamente olvidadas, sin dejar consecuencias.

Nuestras parroquias y comunidades cristianas deben constituir verdaderas familias; para algunos serán quizás su única verdadera familia. De ahí que la caridad, el amor mutuo, el respeto, la benevolencia, el servicio, la atención esmerada a la persona, el interés por atender a sus necesidades materiales y espirituales de cada uno deba ser la atmósfera, el clima que se respira en ellas. Todos deberían poder encontrar en ellas acogida cálida, cordial, eficaz.

También nuestras celebraciones litúrgicas deben poseer el mismo estilo familiar, positivo, festivo, alegre: ¡celebraciones de la comunidad cristiana, de la familia de Dios! Al centro de las mismas, la eucaristía dominical deberá expresar con claridad la naturaleza familiar de la Iglesia y de cada comunidad cristiana.

Crear un ambiente así requiere en primer lugar corazones grandes. También aquellos medios materiales indispensables que lo hagan posible. También para ello se requiere tu colaboración. Es indispensable. ¡Gracias!

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

 

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