09
NOV
2019

Comentario al Evangelio del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario



Los saduceos era una secta judía que no creían en la resurrección de los muertos. Para ridiculizar a Jesús le plantean su incredulidad, retorciendo el sentido de lo que será la resurrección, creyendo que la vida eterna, no será algo nuevo, sino la prolongación de la vida terrenal. Por eso, los saduceos, legalistas y juristas, no pueden comprender “de quién será esposa, la mujer que convivió con siete hermanos”.

La respuesta de Jesús tiene una doble dimensión; por un lado, valorar el amor indiviso del matrimonio y de quienes optan por no casarse; por otro, la reafirmación de que estamos llamados a la inmortalidad, resucitando, o bien para la salvación en el cielo; o bien, para la condenación en el infierno.

En la otra vida, ya no habrá solteros ni casados; sólo permanecerán las obras buenas que hayamos realizado movidos por el amor, la amistad, la fraternidad, la misericordia, el perdón, la defensa de la justicia y la verdad. Allí se acabó ya el tiempo de merecer y de enmendarnos de los errores cometidos en la vida terrena.

Y para aquellos que, como los saduceos, niegan que haya algo más allá de la muerte; o ponen en duda su existencia diciendo “algo debe haber”, aunque no están muy convencidos, Jesús nos da la certeza de que Dios existe y que es “un Dios de vivos y no de muertos”.

A veces, en nuestra vida nos inclinamos a pensar en la muerte, afligiéndonos por ella, más que en la resurrección. Y, sin embargo, como cristianos, desde nuestro bautismo ya vivimos la vida de resucitados, porque, con la muerte de Jesús, hemos sido rescatados de la muerte del pecado, más dolorosa que la muerte biológica.

Por eso podemos enfrentarnos a la muerte sin miedo y desafiarla diciendo: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?”; porque el aguijón de la muerte es el pecado, y de él ya nos ha curado Jesús.

Si realmente creemos que un día resucitaremos, tenemos que vivir ya una vida de resucitados siguiendo fielmente las enseñanzas de Jesús. Porque el final de nuestra vida sólo será desvelar lo que ya hemos vivido aquí. Por eso San Pablo nos invia a que “se hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde habita Dios”.

Tengamos una fe en Dios que vive y nos da la vida; y entonces descubriremos que nuestra misión es contagiar esa vida, recibida de Dios, a tantas personas, que están muertas por el pecado o han perdido la fe en Dios o la esperanza en el mañana, que nos espera, como regalo de ese mismo Dios.

 

D. Casto Ortega

Vicario Parroquial de San Esteban


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