22
FEB
2020

Comentario al Evangelio del VII Domingo del Tiempo Ordinario



Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica; dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

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Continuando el Evangelio del domingo pasado, en el que Jesús nos anunciaba que no ha venido a abolir la Ley de Dios, sino a perfeccionarla, hoy da un paso más, llamándonos a la santidad: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. El origen y la medida de nuestra santidad es Dios.

El camino hacia la santidad solo se recorre con amor a Dios y a los demás, que nos acompañan. No es fácil, pues exige radicalidad y entrega total del amor gratuito, que hasta nos puede llevar a ser mal vistos y a la persecución.

La llamada de Jesús es escandalosa, porque es la antítesis entre la justicia revanchista de los fariseos y la justicia de Dios para llegar a su Reino. Trastoca nuestros planes, para que obremos al estilo, que Dios usa con nosotros.

“Habéis oído que se dijo `ojo por ojo, diente por diente´. Yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”. El mal sólo se vence con amor. La venganza y la revancha se oponen a Dios, que “no lleva cuenta de nuestros pecados y es misericordioso con quien se arrepiente y vuelve a Él”.

La relación con los otros no debe ser interesada, sino gratuita. No se trata sólo de devolver bien por mal, sino de compartir con el otro nuestros bienes. Amar no es dar lo que nos sobra, sino lo que nos iguala al otro en su necesidad.

“Habéis oído que se dijo: `Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo´. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”.  Dios no hace acepción de personas: trata a todos por igual, con amor desinteresado.

Si nuestro amor es selectivo e interesado amando al que nos cae bien o le podemos sacar algún provecho, no tenemos ningún mérito, porque “¿no hacen eso también los pecadores y las personas que no tienen fe?”.

Se debe notar que los cristianos somos distintos del resto de la gente, al actuar, no con criterios humanos, sino como Dios, que nos ama gratuitamente, hasta entregar a su Hijo a morir en la cruz para salvar del pecado a la humanidad.

Examinemos cómo vivimos nuestra fe: ¿Agarrotada y monótona, sin vivir cada día la novedad de amar a las personas o los momentos, que puedan surgir? ¿Nos refugiamos en la fe, sin crecer en santidad y perfección imitando el ser de Dios? ¿Elegimos sólo lo que nos conviene y lo que nos da utilidad? ¿“Hacemos el bien sin mirar a quien”, sin revancha ni venganza, al estilo de Dios, que ama a todos, perdonándonos sin llevar cuenta de nuestras ofensas?  

 

D. Casto Ortega

Vicario de San Esteban


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