06
ABR
2019

Comentario al Evangelio del V Domingo de Cuaresma



Del evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó:« Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

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El domingo pasado la “Parábola del Hijo Pródigo” nos mostraba la misericordia del padre con el hijo díscolo. En este domingo se nos narra la historia de la “Mujer adúltera”, condenada por quienes se creen los santos y puros, que aparentan cumplir la Ley externamente, pero no en su espíritu.

Como tantas otras veces, los fariseos tratan de zancadillear a Jesús para acusarlo de blasfemo si absuelve a la mujer, o si la condena enfrentarlo a los romanos que habían abolido la pena de muerte.

Jesús conoce muy bien sus malas intenciones y no cae en la trampa. Y como “por la boca muere el pez”, hace que le resuelvan el problema los mismos acusadores: “El que sea inocente, que tire la primera piedra”. Y todos se fueron sin rechistar. No se arrepintieron de sus pecados, pero vieron que tampoco ellos eran santos y puros como se creían. No debemos juzgar ni condenar a los demás. Todos somos pecadores. Jesús nos dice “no condenéis y no seréis condenados”; y en el Padre Nuestro pedimos a Dios: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

Y la mujer adúltera, ¿qué pensaría? ¿Quizá temía que Jesús se enfadara con ella? Pero esa no era la intención de Jesús: si a los fariseos, hipócritas, los trató con dureza, a ella le brinda la misericordia y el amor de su corazón, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva”.

“Mujer, ¿nadie te ha condenado? Pues tampoco te condeno yo”.

Seguro que la mujer se incorporó del suelo con una sonrisa y sus ojos dejaban entrever el agradecimiento a aquel hombre, distinto de los demás, que la liberó de la afrenta de los otros y le devolvía la esperanza de una vida nueva.

Pero el perdón compromete al perdonado a cambiar de vida. Se tiene que notar su conversión; por eso Jesús le recomienda: “Vete y no peques más”.

Al final de la Cuaresma debemos ajustar  nuestro comportamiento para que no perdamos las últimas oportunidades para acercarnos a Dios. No nos creamos mejores que los demás, recriminándoles su actitud. “Se condena al pecado, pero no al pecador”. Si no lo condena Jesús, ¿quiénes somos nosotros para erigirnos como jueces de los demás? Debemos ser misericordiosos con los otros, como Dios es con nosotros. El reconocer nuestros pecados, nos debe llevar al “propósito de la enmienda”.

Reconozcamos nuestras faltas y pecados en la Confesión. Jesús nos perdona como a la mujer adúltera y nos da la nueva vida de su salvación.

D. Casto Ortega

Vicario de San Esteban

 


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