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ENE
2020

Comentario al Evangelio del II Domingo del Tiempo Ordinario



Del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

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Hoy el Evangelio nos presenta dos tipos de bautismo: de Juan y de Jesús. El bautismo de Juan invitaba a la conversión; a quien lo recibía no se le perdonaban los pecaos, pero se comprometía a cambiar de vida. Preparaba para el bautismo de Jesús, que abre al bautizado las puertas para una vida nueva dentro de la Iglesia al borrársele el pecado original e iniciando el camino para recibir todos los demás sacramentos, vehículos de la gracia de Dios.

Juan Bautista tiene clara esta distinción: cuando se acerca Jesús hasta él en el Jordán lo señala como el Mesías, que “bautiza con Espíritu Santo. Y yo le he visto y doy testimonio de que este es el Elegido de Dios”.  Y para dar fe de ese reconocimiento, usa el simbolismo del “Cordero”, al que hace referencia el profeta Isaías al mostrar cómo el Elegido de Dios, será “llevado, como cordero, al matadero para expiar nuestros pecados” y al “cordero pascual”, con el que los israelitas celebraban su liberación.

Las palabras de Juan son una auténtica confesión de la divinidad de Jesús y de su misión salvadora entre los hombres: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…; que existía antes que yo…; yo he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel”.

El testimonio de Juan nos invita a que nosotros también reconozcamos a Jesús en nuestra vida, cuando se nos presenta para darnos su salvación.

Desde el día de nuestro Bautismo Jesús no deja de venir a nuestra vida: en los sacramentos, la oración, la escucha de su Palabra, los acontecimientos alegres o las cruces y las personas, con quienes convivimos o que se cruzan diariamente en nuestra vida. En todo lo que vivimos están las huellas de Jesús, pero es necesario que lo reconozcamos, como Juan, y que nos dejemos tocar por su gracia, abriendo nuestras almas a su salvación.

La Iglesia recuerda la actitud de Juan en la celebración de la Misa y dos veces nos invita a reconocer a Jesús. Primero, solicitando su perdón y su paz: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros y danos la paz”. Después, el sacerdote, nos invita a recibirlo en la Comunión, sintiéndonos felices con Él: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la Cena del Señor”.

Recibamos a Jesús en la Comunión aceptándolo como el alimento de nuestra vida. Reconozcámoslo también en cada persona y en cada circunstancia y, como Juan Bautista, señalemos su presencia ante todas las personas, dando testimonio de nuestra fe en Jesús, como el Salvador de toda la humanidad.

 

D. Casto Ortega

Vicario de San Esteban

 


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