06
OCT
2018

Comentario al Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario



El tema del Evangelio  es el matrimonio. Los fariseos plantean a Jesús el tema del divorcio, permitido por Moisés. Jesús les dice que esa no es la voluntad primera de Dios, que “creó al hombre y a la mujer y por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

Los mismos discípulos piden a Jesús una explicación. Jesús no rebaja el  valor de su respuesta, sino que la concreta aún más: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

En la sociedad actual, permisiva y hedonista, que huye de todo compromiso definitivo, el matrimonio pasa por una fuerte crisis. Esta crisis es avalada, si no promovida, por la legislación civil que facilita los trámites de divorcio, aun al poco tiempo de ser contraído. Es el llamado “divorcio exprés”.

A esta crisis contribuye la inmadurez en algunos cónyuges, incapaces de superar cualquier divergencia o de enfrentar la menor dificultad mediante el diálogo y el respeto mutuo. Es como si el matrimonio fuera un contrato, con fecha de caducidad cuando lo denuncia cualquiera de las partes.

Qué importante escuchar los consejos que da San Pablo, recordados por el Papa Francisco: “Que  no se ponga el sol mientras estéis enfadados…; soportaos unos a otros y perdonaos mutuamente si alguno tiene queja contra otro…; ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas”.

Para Dios el matrimonio es indisoluble y entre un hombre y una mujer. Jesús da tanta importancia al matrimonio, que lo ha constituido en  sacramento; su valor no está en la culminación afectivo-sexual, sino en ser vehículo de la gracia de Dios. San Pablo compara esa unión a la de Jesús con su Iglesia.

¿Cómo vivir el matrimonio cada persona y, en especial, los cristianos?

Debe culminar un proceso de maduración y conocimiento mutuo de los futuros esposos. Nunca un contrato o la excusa para una celebración social.

La fidelidad e indisolubilidad son esenciales, porque el amor es indiviso y no coyuntural ni dependiente de las circunstancias cambiantes.

Las crisis y los problemas son normales, como en toda convivencia, pero todo es superable si hay buena voluntad y deseo de construir juntos su felicidad.

Es necesario el diálogo sincero y respetuoso, para atajar cualquier desavenencia “antes de que se ponga el sol en sus vidas”.

Vivir su amor cada día desde la fe, como expresión del amor que Dios tiene a los esposos y que culmina en los hijos, como regalo y bendición de Él.

En el matrimonio se cumple cada día la promesa de Jesús: “Donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy Yo”.

 

D. Casto Ortega

Vicario Parroquial de San Esteban


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